Un helado con final feliz.

icono rojo naranja con helado
Verano. Hacía calor y apetecía un helado.

Nos acercamos a la cafetería donde tenían una marca con helados sin gluten, y el más pequeño de la familia decidió primero.

-“Éste. El de chocolate de palo”.
-“Muy bien. ¿Y tú?” Le dijimos al hermano.
-“Yo otro igual”.
Mira que bien, los dos iguales, pensé yo.

-“Bueno, el caso es que de ése sólo nos queda uno” nos dijo el camarero.
-“Pues otro que sea sin gluten”, le indicamos.
-“Sin gluten, la verdad, quedan pocas opciones. Hay otros de chocolate”
Todos los de chocolate que nos ofrecía, como era de esperar, tenían gluten.

-“Tienes que elegir uno de éstos”, le dijimos al pequeño.
-“Pero es que quiero el de palo”.

Respiramos hondo.

-“Tienes que elegir otro, porque tu hermano sólo puede comer el de palo, y en cambio tú puedes elegir cualquier otro de los que ha dicho el señor”.

En esta situación uno espera cualquier reacción. Berrinche, lloro o enfado, las más probables. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que le digan que no a algo que le gusta.

Nunca sabemos dónde surgen las experiencias que modelan nuestra forma de ser. Aunque para nosotros pasan desapercibidas, no así para nuestro cerebro. Y la celiaquía parece que nos proporciona unas cuantas. Porque nos miró, y muy tranquilo nos dijo:

-“Vale, pues el de cucurucho para mí. Pero que sea de chocolate”.
De repente, le vi mayor, formal, con esa madurez que otorga la experiencia.

Una experiencia que había adquirido en sus casi 3 años de edad.

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