Una invitación para todos.

Estábamos pasando la tarde en casa de unos amigos. Los niños jugaban mientras nosotros charlábamos, y las horas pasaban sin que nos diéramos cuenta.

Tanto, que ese día se empezaba a acercar la hora de la cena.

-“¿Por qué no os quedáis a tomar algo?” – nos dijeron

De camino a la cocina ya empezaba a maquinar mi cerebro sobre qué hacer, decir, preparar. Sobre cómo invadir una cocina ajena o ir pensando en retirarnos, cuando vi son asombro cómo se abría su segundo cajón del congelador para dejar asomar una pizza sin gluten.

–  “Con esto cenan los niños” – oí – “Ahora preparamos algo más para nosotros”.

–  “Con esto es suficiente para la pizza, ¿verdad?” – me preguntaban mientras asomaba un papel para el horno de un cajón

–  “Sí, claro” – atiné a decir yo.

No sé que me sorprendió mas, si que hubiera una pizza sin gluten en una casa donde ninguno de sus miembros es celiaco o la naturalidad con la que se daba por hecho que tuviera que estar ahí.

Igual hemos llegado a un nivel de individualización tal en esta sociedad, que se te queda cara de tonto cuando alguien convierte tu causa en la suya.

Ese día cenamos, mayores y pequeños. Esa vez la invitación había sido real, porque alcanzaba a todos los miembros de la familia.

No sé qué criterios sigue el cerebro para recordar una buena comida, un lugar, una compañía. Sólo sé que es echar la vista atrás hacia ese día, y veo aparecer de forma nítida una imagen, un recuerdo: una pizza sin gluten recién salida de un horno ajeno.

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